Siempre he pensado que coser tiene algo especial.

Puedes sentarte delante de la máquina con la cabeza llena de cosas y, casi sin darte cuenta, estás completamente concentrada en una costura, en conseguir que dos piezas encajen o en decidir qué tela combina mejor con otra.

No significa que los problemas desaparezcan por arte de magia. Simplemente, durante un rato, nuestra atención cambia de sitio. Y creo que ahí está buena parte de esa sensación de bienestar que muchas sentimos cuando cosemos.

Un rato en el que solo existe lo que tienes entre manos

Coser requiere atención. Hay que medir, cortar, colocar, sujetar, seguir una línea, controlar la máquina y pensar cuál será el siguiente paso.

Todo eso hace que nuestra mente tenga una tarea concreta en la que centrarse. Dejamos un poco de espacio entre nosotras y las preocupaciones del día a día y nos concentramos en algo que está ocurriendo aquí y ahora.

Quizá por eso hay días en los que un ratito de costura puede sentarnos tan bien.

A veces no necesitamos dejar de pensar. Solo necesitamos pensar durante un rato en algo diferente.

La satisfacción de ver cómo algo va tomando forma

Hay otra parte de la costura que me encanta: ver avanzar un proyecto.

Al principio solo tenemos unas telas, un patrón y una idea. Después cortamos la primera pieza, hacemos una costura, unimos otra... y poco a poco aquello que imaginábamos empieza a existir.

Cada pequeño avance nos acerca al resultado y nos proporciona esa satisfacción tan sencilla de saber que estamos siendo capaces de hacerlo.

Y cuando por fin terminamos y miramos lo que tenemos delante, aparece una frase que quienes cosemos conocemos muy bien: esto lo he hecho yo.

Puede que no haya quedado perfecto. Puede que hayamos tenido que descoser tres veces por el camino. Pero lo hemos creado nosotras, con nuestras propias manos.

Concentración, creatividad y tranquilidad

La costura también nos obliga a tomar pequeñas decisiones constantemente. Elegimos colores, estampados, combinaciones, formas y acabados. A veces seguimos un proyecto al pie de la letra y otras acabamos cambiándolo completamente porque se nos ha ocurrido otra manera de hacerlo.

Ahí entra en juego la creatividad, incluso en quienes están convencidas de que no son personas creativas.

Y junto a todo eso están los propios movimientos de coser: preparar las piezas, colocar alfileres, coser a máquina, coser a mano... acciones repetitivas que pueden ayudarnos a entrar en un ritmo más tranquilo.

Mucho más que hacer cosas bonitas

Por supuesto que cosemos porque nos gusta crear. Porque disfrutamos con las telas, porque queremos aprender técnicas nuevas o porque nos hace ilusión terminar ese bolso, esa colcha o ese proyecto que llevábamos tiempo imaginando.

Pero con los años he descubierto que la costura también puede ser ese pequeño espacio que reservamos para nosotras mismas.

Un rato para concentrarnos, crear, aprender, equivocarnos, volver a intentarlo y disfrutar del proceso.

Y quizá ese sea uno de sus mayores superpoderes: mientras pensamos que simplemente estamos cosiendo, están ocurriendo muchas más cosas.